—Señora, ésta es la casa del señor Bergams; ¿puedo volverme a Orsdael?

—Sí, volveos a vuestra casa, amigo mío—respondió la viuda.

Pero, cambiando de opinión, dijo en seguida:

—No, no, permaneced aquí; no podéis volveros a Orsdael.

—Pues entonces, señora, con vuestro permiso, cerca de aquí hay un mesón. Si me llegáis a necesitar, hacedme llamar allí.

Una vieja sirvienta abrió la puerta, y preguntó mirando al aya con ojos escrutadores:

—¡Ah! es para un testamento. ¿No es eso? Entrad, el notario todavía duerme; voy a despertarlo.

Marta le dijo al entrar:

—Buena mujer, os equivocáis; deseo hablar al joven señor Bergams.

—¿Tan temprano?