—Y en seguida.
—Es que no sé, no me atrevo—dijo la sirvienta con desconfianza—. El señor está acostado todavía. ¿No podríais esperar una media horita?
—No, os ruego que vayáis en seguida y digáis al señor Federico que el aya del castillo de Orsdael ha venido a hablarle de cosas importantes.
—¡El aya de la señorita de Bruinsteen!—exclamó la sirvienta con sorpresa—. ¡Oh, ya comprendo! Sí, sí, voy a llamarlo. Sentaos, señora. Es preciso darle al menos tiempo para vestirse.
VII
Mathys había pasado una mala noche. Aunque estuviera muy agitado por los acontecimientos del día, la fatiga lo había sumido en un pesado sueño, que no fué turbado hasta el otro día a la mañana por espantosas pesadillas.
Cuando el sol se hubo alzado, cuando la campana del castillo llamó a los obreros al trabajo, Mathys despertó con la frente cubierta de sudor. Trató de volverse a dormir, pero el recuerdo de las imágenes horrorosas que había visto en sueño le asediaba aún el espíritu y hacía latir su corazón con violencia. Saltó fuera del lecho y se vistió a la vez que murmuraba entre dientes:
—¿Qué temor absurdo me agita? Era un sueño, un sueño espantoso, insensato. Marta me estima, sus intereses son los mismos que los míos. ¿Por qué me engañaría? No, no, pues haría pedazos su felicidad sin razón ni provecho para ella. En todo caso, he cometido una imprudencia. ¡Entregarme así indefenso a una mujer! ¿Estaría embriagado o habría perdido el juicio?... La condesa tiene la culpa de todo. El odio que me tiene debe ser muy grande para que la haya impulsado a cometer un acto tan perverso y estúpido. Revelarle a una persona extraña el secreto del que dependía su propia fortuna, su honor, su vida. Es incomprensible, y si la duda fuera posible, diría que Marta me ha mentido descaradamente. Pero nadie en la tierra sabe de este desgraciado asunto más que la condesa y yo. Es ella, pues, la que nos ha traicionado. ¿Cómo me vengaré? Quiero verla arrastrarse otra vez a mis pies antes de la partida de la loca... Pero, ante todo, iré a pedirle a Marta que me devuelva la prueba; sin esa arma soy impotente. ¡Oh, vamos a verlo! La condesa me dará cuenta de su infame complot.
Al decir estas palabras, se dirigió al cuarto de la viuda y golpeó a la puerta. Esperó un rato, volvió a golpear y dijo:
—Marta... Marta... soy yo. Esperaré que estéis vestida; pero os lo ruego, respondedme.