El silencio más completo siguió reinando en su derredor. Una rara ansiedad lo dominó...
Llamó al aya en alta voz y golpeó con el puño contra la puerta; pero fué en vano, el cuarto permaneció silencioso como una tumba.
Un grito de espanto se le escapó al intendente, que se puso lívido aunque tratara de tranquilizarse diciéndose que probablemente Marta se había levantado temprano.
Estas últimas palabras hicieron renacer una sonrisa de alivio en los labios del intendente.
Bajó la escalera corriendo y le preguntó al portero si no había visto al aya. Este le respondió negativamente; le nombró todas las personas, obreros o no, que habían salido del castillo, y le aseguró que nadie más había salvado la puerta, puesto que él tenía la única llave y no se había movido de allí desde el llamado de la campana.
Estas últimas palabras hicieron reaparecer una sonrisa de alivio en los labios de Mathys. El aya estaba, pues, en el castillo, porque no existía otra salida que la portalada. Sin embargo, no estaba tranquilo y se puso a recorrer la casa de arriba abajo, preguntando a todo el mundo si había visto bajar al aya. Recordó que Marta había expresado la intención de ir a hablar temprano con la condesa; se disponía, pues, a subir la escalera que conducía al departamento de la señora de Bruinsteen, cuando la camarera le detuvo, diciéndole que acababa de ver a su señora, sumida en el más profundo sueño. Mathys recorrió todo el edificio hasta las buhardillas. La inutilidad de sus esfuerzos le llenaba de una inquietud inexplicable. Quizá Marta estuviera enferma, quizá las sacudidas de la víspera habían perturbado violentamente su sistema nervioso. Al asaltarle esta idea, corrió tras la sirvienta y le dijo:
—Ve a ver a la señora, y pídele las llaves de las piezas del aya. Las necesito en seguida, iré a buscarlas yo mismo. Corred, volad, es preciso que la señora se levante. ¡Puede que haya sucedido una desgracia!
La sirvienta trajo dos llaves; sin escuchar lo que quería decirle de parte de la condesa, Mathys subió la escalera corriendo. Abrió la puerta del cuarto de Marta y echó una ojeada sobre el lecho. Estaba vacío.
Pálido y trémulo, puso la llave en la cerradura, de la segunda puerta. Vió a la joven sentada en una silla en el fondo de su cuarto; ya estaba levantada y vestida, a pesar de la hora tan insólita. Tenía, pues, que saber lo que había pasado.
Mathys se acercó a la joven, la miró con los ojos hechos ascuas y exclamó, apretándole las muñecas hasta deshacérselas: