—Ten cuidado, dime la verdad, porque si me engañaras, sería capaz de todo... ¿Dónde está el aya?
—No lo sé—balbuceó la joven, que temblaba de miedo.
—Imprudente, no me mientas o te aplasto bajo mis pies. ¿Dónde está Marta?
—Tened compasión de mí; yo no lo sé, señor. Aunque me quitarais la vida yo no podría deciros otra cosa.
—¿Por qué estás levantada y vestida?
—Porque me despertó un ruido extraño, señor.
—¿Qué ruido?
—Un golpe, como si alguien hubiera caído...
Pero la joven se asustó, pensando que si decía la verdad podía exponer a su benefactora a un peligro. Se puso a balbucear y dijo:
—Un ruido, un crujido...