Pero la joven volvió la cabeza, dobló la espalda y permaneció muda, aunque el intendente repitiera varias veces su amenaza; en su furor le golpeó con el puño la espalda y la cabeza y luego salió del cuarto, jurando y blasfemando. Se detuvo, sin embargo, en el corredor y se puso a reflexionar sobre su crítica situación. Estaba pálido como la muerte, vacilaba sobre sus piernas, las ideas se confundían en su cabeza. ¿Cuál podía ser la intención de Marta? Quería sin duda vengarse de la condesa que la había maltratado; pero no se daba cuenta, la insensata, de que iba a perder al mismo tiempo a su amigo y protector.

Bajó la escalera y entró en la sala, donde encontró a la sirvienta, la que le dijo que la señora estaba ya levantada e iba a bajar en seguida.

Se dejó caer en una silla, angustiado de nuevo por sus terribles perplejidades. Todavía quedaba cierta duda en su espíritu. El aya no podía quererle mal, y sin duda no se había dado cuenta de las consecuencias de lo que iba a hacer. Quizá le fuera posible todavía impedir la revelación del secreto, porque Marta seguiría sus consejos, así que él pudiera hablarle. En esa certidumbre, resolvió no decirle nada a la condesa, que se había dejado arrancar por Marta la prueba de la substitución de criaturas. Estaba profundamente avergonzado de aquella imbecilidad, estando bien seguro, por otra parte, de que la condesa no le temería ni le tendría la menor consideración, así que supiera que aquella arma no estaba en sus manos.

Cuando la señora de Bruinsteen entró en la sala, vió que había lágrimas en los ojos del intendente.

—¿Estáis llorando, Mathys?—le preguntó asustada—. ¿Qué ha sucedido? La sirvienta me ha hablado de una desgracia; pero confío en que no os ha sucedido nada, ¿verdad?

El intendente echó llave a las dos puertas y deteniéndose con los brazos cruzados y los ojos echando llamas ante la condesa:

—¡Sentaos, señora! ¡Sentaos, os lo ordeno! Habéis cometido una cobarde traición; quiero ser vuestro juez, vuestro juez inexorable. ¿Qué le habéis dicho a Marta?

—Pero, ¿qué significa esto?—murmuró la condesa retrocediendo—. ¡Me dais miedo!

—Respondedme, respondedme—bramó Mathys, mirándola en los ojos, con los dientes apretados y los labios contraídos—. ¿Qué le habéis dicho ayer a Marta?

—Pero, por Dios, ¿qué os pasa?—balbuceó la condesa de Bruinsteen asustada—. Se diría que queréis asesinarme. No deis un paso más porque grito pidiendo auxilio.