—Si dais un sólo grito, os rompo la cabeza—gritó el intendente fuera de sí—. Respondedme en seguida.
—¿Qué le dije al aya? ¡Oh, poca cosa, Mathys! Es cierto que le dije que Elena iba a ser llevada hoy a la casa de sanidad.
—No, no ha sido eso.
—Pero hasta le oculté el nombre del establecimiento a que va a ser llevada.
—¡Despreciable, hipócrita!—exclamó Mathys—. ¡Queréis ahorraros la confesión de vuestra falsía! Voy a arrancaros la careta, señora; lo sé todo.
—¿Qué sabéis? Os lo ruego, hablad más claro, me hacéis temblar.
—¿No le revelasteis a Marta el secreto del nacimiento de Elena?
—¡Yo! ¡Qué idea tan insensata! ¿Cómo se me podría ocurrir perderme a mí misma?
—¿No le habéis dicho que Elena es hija de un oficial de húsares y que fué robada a una nodriza cerca de Bruselas?
—¡Qué pregunta! A Dios gracias, no se me escapó una palabra a ese respecto.