—¡Qué impavidez y qué osadía! Pero la denegación es inútil. Habéis querido vengaros de mí y le habéis dicho a Marta que la niña fué conducida al castillo sin que vos lo supierais. De ese modo, cobarde mentirosa, queréis hacer pesar sobre mí solo la falta; pero os habéis engañado. La cárcel...
—Callaos, callaos, ¡imprudente!—exclamó la condesa—. Podrían oíros. ¿Qué pesadilla os ha revuelto de ese modo la cabeza? Estáis completamente ofuscado. ¿Que yo le he revelado a Marta el secreto del nacimiento de Elena? ¿Que yo he vendido mi libertad y mi honor para satisfacer mi venganza contra vos? Pero, ¿no veis que eso es absurdo e imposible?
—¡Traidora!—bramó Mathys.
—No queréis creerme—prosiguió la señora de Bruinsteen—. Si llegáis a probarme que he dejado sospechar ese secreto por una sola palabra, os doy la mitad de mi fortuna... ¿Os reís? ¿No os parece bastante? Si me convencéis de esa estupidez tan cobarde, os doy el derecho ante Dios y ante los hombres de vengaros de mí, aunque sea matándome.
Al oír estas palabras, pronunciadas con una energía que no dejaba lugar a dudas, Mathys dejó caer la cabeza sobre el pecho. Convencido al fin de que había acusado a la condesa sin razón, se sintió embargado por una desesperación profunda; se estremeció de vergüenza al pensar que se había dejado arrastrar por un ciego amor, a hacer una revelación fatal, y que él era el único traidor para con su cómplice. Resolvió más firmemente que nunca el no confesar que había confiado la prueba del crimen a Marta. Aunque lo dominara el miedo tenía la confusa esperanza de que el aya no quería hacer nada contra él. Pero, como esta esperanza era muy dudosa, un sudor frío bañaba la frente del intendente consternado.
—Vamos, mi buen Mathys—dijo la condesa—, estáis enfermo. Tengo piedad de vuestros terrores inexplicables. Tratad de calmar vuestros sentidos agitados. Hay un medio infalible de convenceros de que vuestras sospechas eran infundadas. Voy a hacer llamar a Marta.
—¡Es inútil!—exclamó el intendente—. Marta ya no está en Orsdael. Esta noche ató las sábanas a las varas de su ventana, y huyó del castillo. Sabe Dios si ya no está a cuatro o cinco leguas de aquí... ¡Con nuestro secreto! ¡Ay de nosotros! ¿Qué nos irá a suceder?
La condesa lo miró un momento en silencio, como aturdida por la noticia.
—¿Huyó? ¿El aya ha huído durante la noche del castillo?—murmuró—. ¿Por qué? ¿Qué queréis decir?
Se aproximó a Mathys con expresión de cólera contenida y preguntó con voz severa: