—Ha huído con nuestro secreto, ¿habéis dicho, señor? ¿Qué significa esto? ¿Habéis sido lo bastante indiscreto para confiárselo?

—Era inútil; lo sabía todo.

—Pero, ¿por quién? ¿Quién se lo había dicho? Como no fuí yo, tenéis que haber sido vos. ¡Ah! Cuántas veces temí que vuestro estúpido amor por esa mujer nos trajera una desgracia; pero nunca pensé que llegarais a encegueceros hasta ese exceso de locura y de crimen...

—Siento que se me va la cabeza. No sé lo que me pasa—dijo sollozando el intendente, completamente anonadado—. Es un enigma que llena de espanto; yo no le dije nada; vos tampoco le hicisteis revelación alguna. ¿Cómo se explica entonces que lo sepa todo? ¿Existe en el mundo alguna otra persona que sepa nuestros secretos?

—Nadie más que nosotros... Pero no os comprendo—dijo la condesa—. ¡Estáis sombrío y espantado, como si vuestra condena resonara ya en vuestros oídos! ¡Os creía más valiente, Mathys! ¿Qué importa lo que ha sucedido? ¿Que Marta se pondrá, a propalar que Elena no es mi hija? Pues bien, yo sostendré que me calumnia, y en caso de necesidad la demandaré, para que repare ese ultraje a mi honor. Nada más sencillo; no quedan ni pruebas ni testigos, y aunque le hubierais revelado el secreto, bastará decirle que miente descaradamente.

El intendente exhaló un profundo suspiro, pero no dijo nada.

Después de unos instantes de silencio, la señora de Bruinsteen murmuró:

—¡Qué aventura tan sorprendente! Me torturo el espíritu para adivinar qué es lo que se propone Marta. ¡Huir de esa manera en medio de la noche! Eso debe ser alguna otra tentativa de Federico Bergams. ¿Elena está en su cuarto?

—Sí, sí, la señorita está en su cuarto—respondió buscando algo en el bolsillo—. Mirad, le habían deslizado esta carta por debajo de la puerta. Quizá esto os explique las intenciones de Marta.

La condesa tomó el billete y lo leyó. Al principio sus labios se contrajeron de rabia; pero en seguida una sonrisa irónica apareció en sus labios.