—No, señor intendente, no hay otros; pero tenéis que ser justo y reconocer la delicadeza de vuestra posición delante de mi pobre amiga. ¿Qué sois para ella? Un amo que le demuestra amistad; y ella no es para vos, ¿verdad?, más que una sirvienta que os debe obediencia. Es, pues, natural que haga esfuerzos para ocultar un sentimiento que debe inspirarle temor y vergüenza.

El intendente bajó la cabeza y sonrió a sus propios pensamientos, como si aquellas palabras hubiesen determinado en su espíritu una reflexión brusca.

—Sería generoso de vuestra parte—continuó Catalina—, que considerarais de vuestra parte la timidez de Marta. No podréis darle mayor prueba de afecto que contentaros con la revelación que me habéis arrancado... Por Dios, señor, os lo ruego, no le habléis de amor. Ofenderíais su honesta reserva, y no debo ocultároslo, y se marcharía de Orsdael para preservar su honor de toda apariencia de debilidad.

—Está bien, Catalina, podéis estar tranquila; conozco un medio seguro de salvar todas las dificultades—dijo victoriosamente Mathys—. Mañana, probablemente, el aya os traerá la noticia de que me ha confesado su afecto sin haber temblado ni sonrojado.

La campesina lo miró con sorpresa.

—Es bien sencillo—exclamó—, voy a proponerle que se case conmigo... ¿Por qué lanzáis ese grito de inquietud? Os he comprendido. Mientras Marta no sea para mí más que una sirvienta, tiene que sonrojarse de su amor; pero así que tenga la certidumbre de ser mi mujer, tendrá, por el contrario, mil razones para estar orgullosa de mi amistad. ¿No es ése vuestro modo de pensar?

—Sí, sí—balbució Catalina estremeciéndose—. Pero, ¿acaso queréis proponerle el matrimonio tan pronto, mañana mismo?

—¿Para qué esperar y prolongar su tristeza? Ese era desde hace tiempo mi propósito. Después de la feliz seguridad que me habéis dado, no tengo por qué vacilar.

—Creo que eso la llenará de felicidad... pero... pero, ¿y si por casualidad no aceptara?

—¿Si no aceptara?—repitió el intendente con una mueca de desconfianza—sería la prueba de que me habéis engañado, Catalina, y claro que después de este ultraje, no soportaría ni un momento su presencia en el castillo. Pero ¡bah! ¡bah! no es posible que me rechace. Este casamiento debe hacerla feliz, yo poseo una linda fortunita, Marta no tendría que servir a nadie y pasaría una vida fácil y agradable...