Catalina caminó silenciosamente durante algún tiempo mientras Mathys se restregaba las manos y se entregaba a rientes reflexiones. La campesina se detuvo de pronto a la entrada de un sendero.
—Disculpadme, señor intendente, es muy honroso para la mujer de un pobre guardabosque ir a la aldea así, en compañía de su amo, pero es preciso pasar allá por la pequeña huerta para comprar lino para la cortijera que me espera a las nueve.
—Está bien, Catalina, os doy los buenos días. Pasado mañana, el aya os hará saber que va a ser la esposa legítima de Mathys. Será una alegre boda, y como me habéis sido útil en este asunto, haré de modo que asistáis a ella. Hay tras de vuestra casa, cerca del bosque, un retazo en que hubo cebada. Desde mañana podéis cultivarla, os la doy en locación.
La campesina balbuceó un agradecimiento, y se alejó por el sendero que estaba cercado de zarzas a ambos lados. Caminaba muy lentamente y echaba, de cuando en cuando, una mirada a través del follaje, para ver si el intendente no había llegado a la vuelta del camino. Así que lo vió desaparecer tras el ángulo del bosque, se volvió hacia el camino y se dirigió a pasos precipitados al castillo.
Estaba asustada y triste; el corazón le latía con violencia.
¡Qué imprudencia había cometido! Reducida por la necesidad a emplear un medio extremo, creyó que debía salvar a su amiga de una mentira, y ahora esa mentira se iba a volver contra ella para asestarle un golpe irreparable y hacerla echar de Orsdael.
Al caminar se hablaba a sí misma y se torturaba el espíritu a fin de reparar, si era posible, el mal que había hecho involuntariamente. No le quedaba más esperanza que decidir a Marta a representar hasta el fin su triste comedia con el intendente. Catalina sabía bien que su amiga acogería ese consejo con horror, tanto más cuanto que había sorprendido por sus palabras que el odio del aya hacia él no había hecho sino aumentar; pero, ¿qué hacer contra un concatenamiento de circunstancias fatales? Y puesto que Marta había emprendido una lucha legítima contra los ladrones y verdugos de su hija, ¿por qué retrocedería ante el papel que tenía que proseguir, cuando la libertad de su pobre Laura podía ser el precio de ese nuevo sacrificio?
Catalina llegó pronto al llano en medio del cual se levantan las torres de Orsdael, y, desde la elevación en que se encontraba, miró hacia todos los lados. De pronto lanzó una exclamación de alegría y de sorpresa. Veía al aya sentada con Elena en un banco del jardín, detrás del castillo.
Estaban completamente solas; allí sólo estaba el jardinero, y estaba trabajando a una gran distancia.
La campesina acortó el paso, afectó un aire indiferente, y se puso a avanzar despacio, como si se paseara, hacia el cerco y penetró en él. Desde lejos hizo un llamado premioso al aya. Esta, sorprendida por aquellos ademanes insólitos, se levantó y le dijo a la señorita: