—Elena, quédate aquí en el banco, Catalina tiene algo importante que decirme, finge que no la has visto.

—Está bien, mi buena Marta—respondió la joven—, no me moveré de aquí.

La campesina avanzó silenciosamente por el sendero, y se aproximó a la viuda, que se había ido a sentar en un banco algo apartado, vuelto de espaldas al castillo.

—Siéntese a mi lado, Catalina—le dijo—, y hábleme despacio, pues el bosque puede ocultar espías. ¿Qué os pasa? Tenéis los ojos llorosos.

—Sí, el corazón oprimido por el espanto. Vais a pasar por una prueba suprema, Marta, y tiemblo al pensar que os falten las fuerzas necesarias.

—¿Qué nuevo dolor me espera? No importa, mi valor no sucumbirá.

—¡Fatales ilusiones!—suspiró la campesina—. Sois tan dichosa en poder saborear el amor de vuestra hija, que lo olvidáis todo y no hacéis más esfuerzo para librarla de su triste esclavitud. Me temo que vuestra debilidad y vuestra imprevisión van a ser causa de una gran desgracia.

—¡Qué infundado es vuestro reproche, Catalina! No transcurre un minuto que yo no tenga presente el fin sagrado que me he propuesto.

—Lo creo, pero desde hace algunas semanas os negáis a hacer sacrificios para conseguirlo. Habéis tratado al señor Mathys con una frialdad tan altanera que ha acabado por declarar su intención de alejaros del castillo mañana mismo.

—¡Dios mío!—exclamó la viuda con voz ahogada—. ¡Verme separada quizás para siempre de mi desgraciada hija! Y no sé nada aún; nada, sino que no tengo derechos para hacer reconocer mis derechos maternos.