—Tened paciencia, Marta, todo depende de vuestra voluntad y resolución de espíritu: se os deja el derecho de elegir; estáis llamada a decidir vos misma vuestra suerte. Sí, sí, conocéis hasta qué punto puede y debe extenderse el sacrificio de una madre; pronto vais a saberlo, porque contáis para ello con un medio infalible. Si vaciláis, si llega a faltaros la energía necesaria, mañana os veréis lejos de Orsdael y vuestra hija seguirá siendo la víctima de la señora Bruinsteen, hasta que una muerte prematura o una enajenación mental corone la maldad de sus verdugos.
—¡Por Dios, tenedme lástima, Catalina; hablad claramente! ¿Por qué me torturáis así?
—Es necesario, Marta; tenéis que comprender que la menor debilidad puede volverse un crimen, y que vuestra respuesta va a decidir como un fallo supremo respecto de la vida de vuestra hija y de vuestra felicidad misma.
Dicho esto, tomó la mano de su amiga y agregó con tierna compasión:
—Tened valor y escuchadme con calma... El señor Mathys quiere hacer para con vos una tentativa solemne y decisiva. Mañana os propondrá... os preguntará si queréis ser su mujer. No lo rechacéis.
—La mujer de Mathys—exclamó la viuda con extrema palidez en las mejillas—. ¿Yo la mujer de ese hombre vulgar y bajo?
—Os equivocáis respecto al sentido de mis palabras—interrumpió la campesina—. No digo que debéis ser la esposa de ese hombre despreciable. Aceptad su proposición en apariencia. Hay cien medios para retroceder después. Mientras tanto, como prometida de Mathys, tendréis el derecho de interrogarle sobre su vida pasada, y, si sois hábil, el descubrimiento del secreto no podrá escaparos. La felicidad de vuestra hija es el precio de vuestro sacrificio. ¿No encontraréis en vuestro corazón de madre la fuerza necesaria para conquistarla? Vamos, querida Marta, tranquilizadme; decidme que también soportaréis con valor esta última prueba. ¿Cómo no me respondéis?
—¡Oh, dejadme llorar!—dijo Marta sollozando—; las lágrimas calmarán un poco mi angustia y disiparán el aturdimiento de la cabeza.
—Por amor de Dios, Marta, no perdamos tiempo. Pueden sorprendernos a cada instante e interrumpirnos en nuestra conversación. La suerte de vuestra hija está en vuestras manos, tened piedad de ella. Decidid: ¿será Laura libre y feliz, o estará condenada a una muerte lenta? ¡Hablad, libradme del miedo que os hace temblar!
Marta respondió con una sonrisa penosa.