—Escuchadme todos—interrumpió el notario—. Puesto que la señora y el intendente parecen arrepentidos, existe un medio para substraerlos de la ley y hasta de asegurarles la posesión de lo que les pertenece personalmente. Pueden expatriarse hoy mismo. Si aceptan mis proposiciones, les prometo mi ayuda. De ese modo evitarán la prisión, y nos evitarán graves molestias. Tomad, Marta, recuperad esta prueba. Guardadla muy bien. Ahora, marchaos; yo me quedo aquí, para terminar asuntos importantes. Estaré a vuestro lado a mediodía.

Marta tomó a su hija de una mano y a Federico de la otra, conduciéndola así hasta el coche que estaba en la puerta del castillo.

La viuda lanzó un grito de alegría al ver a Catalina, que estaba parada en el camino, junto al carruaje. Arrastró a su hija hacia aquélla, exclamando:

—Ven, Laura, ven; ésta es la mujer que te ha devuelto a tu madre; que se ha sacrificado por tu felicidad y por la mía. Te he dicho que la abrazarías algún día con tierna gratitud; pues bien, hija mía, estréchala entre tus brazos; es un corazón noble el que sentirás latir sobre tu pecho.

Marta y Laura se echaron al cuello de la campesina, y la colmaron de agradecimientos y de caricias. La vieja lavandera estaba tan emocionada, que un torrente de lágrimas le corría por los ojos, sin que pudiera hablar. De pronto, Marta la tomó de una mano y la arrastró hasta el coche.

—Catalina, querida Catalina—le dijo—. Tenéis que venir con nosotros. Vuestro marido os espera en Maraghem. Habrá fiesta, quiero que estéis a mi lado; tenéis el porvenir asegurado. Mi yerno tiene un corazón noble, y os pagará vuestra deuda. Vuestro marido será intendente de sus tierras, viviréis a mi lado, seguiréis siendo mi compañera fiel y mi amiga, hasta que la tumba nos separe. ¡Venid! ¡Venid!

La pobre Catalina estaba aturdida, la alegría la abrumaba; sin embargo, resistió a la suave violencia de Marta, y rechazó el honor que se le ofrecía. Pero Federico la tomó por la cintura, Marta y Laura por los brazos, y de ese modo Catalina se encontró en el coche, sin saber cómo.

El látigo restañó; el coche partió como una flecha; se alzaron nubes de polvo en el camino; se oyeron gritos de alegría y el carruaje desapareció en la vuelta del camino, con la rapidez del viento.

FIN