—Laura, te llamas Laura, hija mía, le has dado gracia a Dios porque le plugo devolverte una buena madre, pero aún no conoces los tesoros de su bondad para contigo; además, te ha dado, Laura, un esposo fiel y digno de ser amado.

—¡Ah! ¡Federico, Federico!

Y los dos jóvenes cayeron en los brazos el uno del otro...

—Bueno, ahora partamos—dijo Marta, tomando a su hija de la mano—. Huyamos de esta casa de odiosa memoria. Nuestra alegría necesita aire, alegría, libertad, seguridad...

Pero la condesa, que hasta ese instante había estado sumida en la desesperación, oyó estas últimas palabras con un pánico extremo. Se dejó caer a los pies de Laura, se arrastró sobre las rodillas y se puso a decir, mientras abundantes lágrimas brotaban de sus ojos, y le caían por las mejillas:

—¡Oh señorita, tened compasión de mi desgracia! perdón, perdón, para una pobre mujer. Maldecidme, tomad mi fortuna, pero no me entreguéis a la justicia. Seré pobre, me arrepentiré de mi crimen. Mandadme lo que queráis y obedeceré como una esclava; pero no me mandéis a la cárcel. Elena... Laura... estoy a vuestros pies. ¡Oh! ¡tened piedad de mí, no rechacéis mi súplica!

Mathys, al ver a la condesa a los pies de la joven, también se puso de rodillas y se arrastró temblando hasta donde estaba Marta. Imploró su piedad con las manos juntas, y los ojos llorosos. No le dirigió ningún reproche, se reconoció culpable y confesó que, como madre, tenía que proceder como lo había hecho; pero recordó su afecto por ella, aquel sentimiento sincero a que debía la recuperación de su hija, y le suplicó que no entregara a la vindicta ley a aquel que había contribuído tanto a su felicidad.

Esta súplica tan humilde hizo que Marta mirara a Mathys profundamente impresionada e indecisa respecto a lo que debía hacer. Su hija fué a ponerse con las manos juntas delante de ella.

—¡Oh madre querida, perdón, perdón para la señora de Bruinsteen! ¡Perdonadla!

—Quiero olvidarlo todo, hija mía—murmuró la viuda—. Mi felicidad no necesita de la desdicha de la señora ni de la de Mathys. Pero, ¿qué puedo hacer? No lo sé.