—¡Vive! ¡Vive! domina tu emoción...

—¡Oh!—exclamó la joven—, esa sonrisa divina, esa mirada ardiente, esa alma en vuestros ojos... ¡Oh! ¡Marta! ¡Marta! si fuerais mi madre, me moriría de felicidad.

—Pues bien; sí, Elena... Laura, eres mi hija: yo soy tu madre.

La joven cayó casi desmayada sobre el pecho de la viuda; lágrimas de ternura indecible rodaron por sus mejillas; acarició a la madre, la besó y luego le dijo ligero:

—¿Y también tengo padre, verdad? Madre, madre mía, ¿dónde está?

—¡Ay! tu buen padre ya no existe. Toma, hija mía, aquí tienes su retrato.

Y le entregó a su hija su relicario de oro.

—¡Héctor! ¡Era mi padre!—exclamó la joven arrojándose a sus rodillas—. Ahora comprendo los secretos que me rodeaban. ¡Oh, que Dios sea bendecido! ¡He sufrido, he sufrido mucho; pero la recompensa es más grande que los dolores soportados!

Federico seguía junto a la joven, con la sonrisa de felicidad y la admiración en el rostro. Todas aquellas revelaciones y todas aquellas sacudidas se habían sucedido tan rápidamente, que Elena no había tenido aún tiempo para advertir su presencia.

Marta le tomó la mano y le hizo ponerse de pie, y le dijo: