La señora de Bruinsteen fijó un momento la mirada en el papel. Se puso pálida como la muerte, y todo su cuerpo se estremeció. Echó una mirada de venganza sobre Mathys, que estaba como petrificado; después lanzó un grito de desesperación, y dejó caer la cabeza sobre la mesa ocultando la cara con la mano.
—Madre, ¿qué ha sucedido? ¿qué peligro os amenaza?—preguntó la joven de rodillas, dominada por el miedo y la piedad.
Pero una voz conocida le provocó otra emoción.
—¡Laura... Elena...!—exclamó la viuda completamente vuelta en sí—. ¡No llames madre a esa mujer! Ven aquí, sobre mi corazón, querida mía...
Pero calló de pronto, por el temor de que una revelación inesperada fuera a causar a su hija una emoción fatal.
—¡Oh Marta! ¡Vos aquí! ¡Ahora ya no me puede suceder nada malo!—exclamó la joven arrojándose en sus brazos.
Esta, después de haberla besado tiernamente, la apartó de sí y dijo con calma aparente:
—Elena, tú no eres hija de esa mujer. Fuiste robada en la cuna. Sólo era tu verdugo, y nada te vincula a ella ni por la sangre ni por el afecto. Dios te ha dado otra madre.
La joven miró muda y trémula.
—¿Otra madre?... ¡Oh!... ¡Y vive aún!—murmuró con voz imperceptible.