En ese momento se oyeron gritos confusos en el castillo, y antes de que nadie pudiera hacer un movimiento, la puerta se abrió con violencia. Elena, perseguida por el intendente, entró en la sala y cayó a los pies de la condesa.
Mathys, que parecía ciego de rabia, quiso detenerla; pero Federico dejó caer a Marta en brazos del notario, saltó sobre el intendente, lo asió por el cuello y lo arrojó con fuerza irresistible a la pared, mientras le gritaba fuera de sí:
—¡Si das un solo paso te aplasto!
Mientras tanto, dominada por el terror, la joven gritaba, con los brazos tendidos hacia la condesa:
—¡Oh madre mía, perdón, tened piedad de mí, me va a asesinar¡ ¡Yo soy vuestra hija, defendedme, madre, madre querida!
Aquel grito desesperado, aquel dulce nombre de madre, repercutió en el corazón de Marta. Abrió los ojos, pasó una mirada vaga a su rededor, y lanzó un profundo suspiro, tendiendo los brazos.
El notario le tomó la mano y dijo con voz trémula:
—¡El papel! ¡La prueba! ¡Aquí está!
Y volviéndose a la condesa:
—Ahora, señora, tendréis que reconocer que fuisteis vos quien ordenó que robara la niña a vuestro sirviente. Es imposible negarlo. ¡Todas las circunstancias agravantes acompañan al crimen; ya sabéis lo que os espera: la pérdida de vuestra fortuna, el eterno deshonor y cinco años de presidio!