—¿Os imaginabais que no sabía por qué habíais huído del castillo durante la noche como una ladrona?—replicó victoriosamente la condesa—. Ahí, sobre la mesa, está el papel que deslizasteis bajo la puerta de Elena, sirvienta infiel. ¿Queríais libertarla? Es decir, ¿la queríais vender a alguien que os había pagado para traicionarme? Sea cual fuese el medio que empleáis, vuestra infame maquinación ha sido descubierta de antemano. Elena ha partido lejos de aquí, para el extranjero.
Un grito desgarrador se hizo oír, y Marta cayó sin conocimiento contra la pared de la sala.
Federico corrió hacia ella, le pasó el brazo debajo de la cabeza y trató de volverla en sí.
—Señora—dijo el notario a la condesa—. Os estáis perdiendo vos misma. Tenemos pruebas, pruebas irrecusables. ¡La cárcel va a abrirse para vos!
—¿Qué pruebas podéis tener de una historia que es mentira?
—Un documento firmado por vos, señora.
—Un documento falso.
—Esperad, vais a quedar anonadada.
El notario corrió hacia la viuda desmayada y se puso a buscar con prisa febril entre los pliegues de su bata para encontrar la prueba escrita. Los esfuerzos resultaron infructuosos. Temblaba de impaciencia y de ansiedad, pensando que se hubiera perdido el precioso papel.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Marta, no es posible! Marta, Marta.