Tomó al intendente por los hombros, lo empujó fuera de la puerta y lo miró salir y subir hasta que desapareció en el pasillo. Luego se volvió hacia la sala, se sentó en un sillón y tomó una actitud indiferente.
Momentos después se abrió la puerta y entró Marta seguida de Federico y el notario.
—¡Vil mentirosa!—gritó la condesa indicándole la puerta con el dedo—, salid de mi vista. Marchaos, o llamo a mis sirvientes para que os arrojen fuera del castillo. La justicia castigará vuestra perversidad.
Se precipitó para tocar el cordón de la campanilla; pero el notario le sujetó la mano.
—¿Qué significa esto?—exclamó—. ¿Queréis hacerme violencia en mi propia casa? No soy más que una mujer, pero...
—Sentaos, señora, os lo ruego, a fin de evitaros una vergüenza—dijo el notario reconduciéndola a su sillón con una frialdad imperiosa—. Escuchadme un momento. Vais a reconocer que el escándalo os sería desfavorable.
—En fin, ¿qué es lo que tenéis que decirme?—dijo la condesa trémula de despecho.
—Señora, la niña nacida de vuestro matrimonio con el conde de Bruinsteen ya no existe, murió en 10 de febrero de 1816. Mediante una culpable substitución, fué traída a vuestra casa la hija de un oficial de húsares que se llamaba Héctor Hagens. Corresponde a la justicia examinar qué castigo merece un acto semejante, pero nosotros venimos en nombre de la madre legítima para que su hija nos sea inmediatamente entregada. No os resistáis, señora, porque eso sería obligarnos a invocar la autoridad de la ley, y pensad en la vergüenza pública que eso os acarrearía.
—¡Oh! ¡Oh!—dijo sardónicamente la condesa—, no negaréis que os he escuchado con calma. Esa historia de la joven, de un oficial, es un cuento inventado por los envidiosos; en cuanto a Elena, ya no está en Orsdael.
—¡Dios mío!—exclamó Marta palideciendo.