—Reparad, señora, que la autoridad podría preguntarnos el nombre de la casa de sanidad, y quizá nuestros enemigos consiguieran de ese modo su objeto. En Francia todas las pesquisas serían inútiles; más adelante, cuando todo esté cumplido y pueda volver aquí con la loca, tomaré dinero, bastante dinero, para poder salvar allá todas las dificultades.
La condesa lo miró con aire burlón.
—Mathys, Mathys—le dijo—, tenéis miedo como un niño. Me parece que pensáis más en vuestra seguridad que en la de Elena. No me sorprendería que a causa de vuestro temor exagerado, quisierais llevaros todo nuestro dinero. Sea como fuere, id a Francia; quizá sea una medida prudente. Pero haced ante todo preparar el coche, para que no tengáis que esperar cuando estéis prontos. No creo que tengamos que temer nada por ahora; con todo, apresuraos, porque es necesario preverlo todo.
El intendente se dirigió a la puerta.
La condesa le gritó:
—Tened valor, Mathys; la situación no es tan desesperada como creéis.
Pero apenas estuvo delante de la casa se puso pálido como un muerto, y todos los miembros le temblaban.
—¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde!—se decía el intendente, dejando caer los brazos.
—¡Allá, por el camino, viene un coche!... Federico Bergams y Marta están sentados en el banco delantero. Hay otras personas en el coche... ¡Pobres de nosotros, estamos perdidos!
—¿Perdidos?—exclamó la condesa después de un instante de reflexión—. ¿Perdidos? Todavía no, Mathys, y aunque nos tenga que pasar algo enojoso, nos vengaremos de nuestros delatores. No triunfarán. Vamos, daos prisa, conducid a Elena a la bodega; bajo la torre de la escalera secreta. Nadie la encontrará allí. Permaneced a su lado hasta que yo os llame. Diré que ya ha partido. Dejadme hacer; fiad en mí. Vuestros enemigos se marcharán del castillo sin haber descubierto nada. Entonces, llevaréis a la loca a Francia. Pero, ¡Dios mío! ¡qué indeciso y consternado estáis!