En el momento de separarnos para retirarnos cada uno a nuestro cuarto, Roberto me tomó las dos manos y me llevó a un rincón.

—Te agradezco, Olga—dijo, y sus labios temblaban,—te agradezco tu exactitud y tu cariño. Ahora se acabó nuestra correspondencia...

—¡Por amor de Dios, Roberto!—balbucí.—¿Qué ha pasado?

Él se encogió de hombros.

—Quizá la he hecho esperar demasiado. Ha concluido por cansarse de mí.

—¡Eso no es verdad! ¡eso no es verdad!

Pero papá estaba detrás de nosotros e informaba a Roberto que, según su deseo, el carruaje estaría listo al día siguiente al amanecer.

—Entonces no te volveré a ver—exclamé espantada.

Él sacudió la cabeza.

—Despidámonos desde ahora—dijo estrechándome la mano.