—Ve a ver lo que hace—dijo papá;—sin duda te ha de necesitar.

Salí de un brinco y a saltos subí la escalera que conducía a su habitación. Esta estaba cerrada.

—¡Marta, abre! Soy yo.

Nadie se movió. Rogué, supliqué, prometí repararlo todo, le prodigué mil nombres cariñosos: todo fue inútil. Nada se oía, a no ser de vez en cuando un hálito, parecido a la respiración silbante que se escapa de una garganta medio sofocada. Entonces me encolericé al verme rechazada de todas partes.

—Sin duda seré bastante buena para preparar esta fúnebre comida—dije soltando una carcajada.

Y fui en busca de las criadas, hice matar seis tiernos pollos y me quedé mirando tranquilamente a esas pobres aves, mientras la sangre brotaba de sus pescuezos abiertos.

Daba lástima ver cómo uno de ellos, un gallito, batía las alas mientras la angustia de la muerte le arrancaba gritos y trataba de herir con sus espolones los dedos de la criada.

Hasta este pobre animalito, débil como es, se defiende cuando quieren degollarlo—pensé,—mientras mi señorita hermana besa humildemente la mano que la amenaza con el cuchillo.

La muerte de esos inocentes animales fue casi un alegre espectáculo comparado con la comida en que fueron servidos. La última comida de un condenado no habría sido más lúgubre. Cada cinco minutos alguien tomaba bruscamente la palabra y hablaba como quien cumple una faena obligatoria. Los demás asentían con la cabeza misteriosamente, pero bien veía yo que los que escuchaban no sabían lo que oían, lo mismo que el que hablaba no sabía lo que decía.

Marta no se había presentado.