Ella me dirigió una mirada de censura como para reprocharme mi demasiada sagacidad; después dijo:

—Está con ellos.

—Entonces puedo ir a felicitarlos ahora mismo—dije.

—Tontuela—dijo ella.

Pero antes de que pudiera poner mi proyecto en ejecución, vi que la puerta del cuarto contiguo se abría, y por ella salir lentamente, como si saliera de un ataúd, a Roberto, al primo Roberto, con el rostro terroso, la frente cubierta por gruesas gotas de sudor. Yo también sentí al verlo que la sangre se retiraba de mi cara. Un siniestro presentimiento me asaltó.

—¿Dónde está Marta?—exclamé adelantándome hacia él.

—No lo sé.

Se hubiera dicho que cada una de las palabras que pronunciaba iban a ahogarlo. Ni siquiera me dio la mano.

Papá salió detrás de él. Mamá se había levantado y los tres se quedaron allí parados, estrechándose las manos como en un entierro.

—¿Dónde está Marta?—grité otra vez.