Papá se había encontrado sin duda algo desconcertado al ver a Roberto, pues, seguramente, tenía todavía sobre sí el peso de la pérfida carta de la tía; había hecho un ademán de negativa al oírle formular su petición; pero, en el mismo instante, Marta se había presentado. ¡Cuán pronto había vuelto a encontrar sus fuerzas, la pobre enferma, que, pocos minutos antes, yacía agotada en el sofá; cuán pronto había olvidado las penas, los dolores que sufrió durante años! Y ahora, están en brazos uno de otro y no tienen siquiera un pensamiento para mí.
Entonces, de improviso, se despertó en mí un orgullo fiero. «¿Por qué te escondes?—gritaba una voz en el fondo de mí misma.—¿No has hecho tu deber? ¿Todo esto no es obra tuya?»
Con un movimiento brusco me paré, eché hacia atrás mis cabellos en desorden y, con paso firme, apretando los dientes, me dirigí a la casa.
Al acercarme no oí ningún grito de alegría. Todo estaba silencioso, todo estaba como muerto...
En el comedor encontré a mamá sola. Tenía las manos juntas y exhalaba profundos suspiros, mientras gruesas lágrimas rodaban hasta su blanca papada.
—Es el efecto de la emoción—pensé al sentarme frente a ella.
—¿Dónde estabas, Olga?—dijo, enjugándose esta vez tranquilamente los ojos.—Es necesario que hagas matar algunos pollos para la comida y que pongas a refrescar el moselle. El primo Roberto ha llegado.
—¡Ah!—dije con mucha calma.—¿Dónde está?
—En el gabinete de tu padre conversando con él.
—¿Y dónde está Marta?—pregunté con una sonrisa.