A partir de ese momento, fui presa de una agitación como nunca la he sentido en mi vida. Me parecía que una fiebre abrasadora me consumía; durante la noche, iba y venía en mi cuarto sin poder encontrar descanso; de día, estaba continuamente en acecho y cada vez que oía el ruido de un carruaje, toda mi sangre se retiraba de mi corazón.

A mis padres les contestaba disparatadamente y las criadas, en la cocina, comenzaban a sacudir la cabeza con expresión inquieta.

Una joven que espera a su prometido no habría estado más loca.

Esa fiebre duró cuatro días, y fue una felicidad que los míos estuvieran absortos en sus propios pensamientos, sin lo cual mis modales no habrían dejado de despertar sospechas.

X

Esta vez no fui yo quien recibió a Roberto. Cuando reconocí su silueta en el carruaje tirado por cuatro caballos que, cubierto de lodo, pasaba con estrépito la puerta del patio, huí al granero y me escondí en el rincón más apartado.

Tenía la cara encendida, temblaba de pies a cabeza y nubes rojas bailaban por delante de mis ojos.

Oí que, abajo, las puertas se abrían y se cerraban, oí pasos que subían y bajaban precipitadamente la escalera, oí las voces de las criadas que gritaban mi nombre; no me moví.

Y cuando todo volvió a quedar en silencio, bajé sin hacer ruido por las escaleras de atrás, que eran bastante obscuras, y fui a sentarme en el lugar más desierto del parque. Mi alma era presa de un extraño sentimiento de amargura y de vergüenza. Me parecía que debía levantarme y huir para no volver a encontrar la mirada de esos ojos que había esperado, sin embargo, con tan loca impaciencia.

Luego me representé lo que podía ocurrir en ese momento en la casa.