—¿Acaso no está ya definitivamente perdida para mí?—replicó él, con la mirada fija hacia adelante.
—¿Qué te dijo hoy?
—¿Para qué repetirlo? Sus palabras eran sabias, sensatas; tan sabias, tan sensatas, que no podía ser sino el lenguaje de una persona que ya no ama.
—¿Y lo crees realmente?—pregunté.
—¿No estoy obligado a creerlo? Y luego, en fin, ¡qué importa! Aun suponiendo que ella me hubiera guardado un resto de cariño, ha hecho bien en aprovechar la ocasión para deshacerse de él completamente. Más vale así, para ella como para mí. Nada tengo que ofrecerle, ni felicidad, ni alegría, ni siquiera la sombra de un placer, nada más que trabajo, penas y miseria, de un extremo del año al otro. Y por sobre todo esto, una suegra que le es hostil y le haría sentir duramente que se había presentado con las manos vacías.
Sentí que una oleada de sangre me subía a la cara. Me ruborizaba, no por Marta ni por mí, pues yo era tan pobre como ella; me ruborizaba por él al oírle hablar así de su propia madre.
—Y ahora, confiésalo tú misma, niña—continuó,—¿no te parece que hace bien, ante esta perspectiva, en quedarse a cubierto en el fondo de su nido calentito y en dejarme partir, puesto que no puedo traerle más que la desgracia?
Se pasaba la mano por los cabellos yendo de un lado para otro en el cuarto como un animal perseguido.
—Roberto—dije,—te engañas a ti mismo.
Él se detuvo, y me miró de frente soltando una carcajada: