—¿Qué quieres, por fin? ¿Debo exigir antes de marcharme que se me confirme esa negativa por escrito?
—Roberto—continué sin dejarme desconcertar,—con toda sinceridad, ¿amas a Marta?
—No seas niña—respondió él.—Si no la amara, ¿estaría aquí en este momento?
Estaba delante de mí y abría sus brazos de gigante. Me parecía que al cerrarse iban a aplastarme—sentí un deslumbramiento—me arrinconé más profundamente en el sofá.
Entonces me vinieron a la memoria los pensamientos que acariciaba desde hacía varios años: me representé cómo lo habría amado si yo hubiera sido Marta y cómo habría querido que él me correspondiera.
—Mira, Roberto—dije,—en resumidas cuentas, no soy más que una tontuela; pero sé muy bien lo que es el amor, y no son sólo los poetas los que me lo han enseñado. Hace tiempo que lo siento en el fondo de mi corazón.
—¿Amas a alguien?—me preguntó.
Yo me ruboricé y sacudí la cabeza.
—¿Cómo puedes entonces sentirlo en el fondo de tu corazón?
—Sin duda eso me ha caído del Cielo—respondí bajando los ojos hacia el suelo.—Pero, en todo caso, amaría de diferente manera que vosotros. No me sumiría en el desaliento, no huiría vergonzosamente como lo haces tú, diciendo: «¡Más vale así!» Pondría para vencerla, todo el ardor de mi alma, para conquistarla, toda la fuerza de mis brazos. La atraería hacia mi pecho y me la llevaría, ¡poco importa adónde! en la noche, al fondo del desierto, si el sol se negaba a alumbrarnos, si ninguna casa quería darnos el abrigo de techo. Preferiría morir de hambre con ella a la orilla del camino, a implorar al mundo que quiere separarme de ella. Eso es lo que haría, Roberto, si me hallara en tu lugar, y, si estuviera en el lugar de Marta, me echaría a tu cuello riéndome y te diría: «Ven, mendigaré para ti si no tienes pan, te daré mi seno para reposar tu cabeza si no tienes cama, y bañaré tus heridas con mis lágrimas, sufriré mil muertes por ti, dando gracias a Dios, al Señor, de poder hacerlo. ¿Ves, Roberto? ¡así es cómo me represento el amor y no como no sé qué sentimiento mezclado, en el que entra el temor de una suegra y el horror de los intereses atrasados!»