Había hablado con pasión. Sentía fuego en mis mejillas y de repente me avergoncé al pensar que había descubierto así delante de él el fondo de mi corazón. Me oculté la cara entre las manos, luchando contra las lágrimas.
Cuando me atreví a levantar la cabeza, él estaba delante de mí, mirándome fijamente, con ojos chispeantes.
—Criatura—dijo,—¿de dónde te vienen esas ideas?—Me parecía oír el cántico de los cánticos.
Apreté los dientes y guardé silencio. ¿Sabía yo misma de dónde me venían?
Pero él se sentó junto a mí y me tomó las manos.
—Olga—continuó,—lo que acabas de decir no era precisamente muy práctico, pero era hermoso, era sincero, y me ha conmovido hasta el hondo del alma. Me parecía oír una voz de otro mundo y casi tengo vergüenza de haber sido débil y cobarde. Pero, aun cuando levantara la cabeza, aun cuando pensara como tú, ¿de qué me serviría puesto que ya ella no me ama?
—¡Ella, no amarte!—exclamé. ¡Si la abandonas, Roberto, se morirá!
—¡Olga!
Vi que la alegría iluminaba su rostro y yo tuve en ese momento como la sensación de una mano extraña que me oprimía el pecho; pero no me desconcerté, y recurriendo a todo mi orgullo, continué:
—Roberto, sé que me despreciarás cuando sepas lo que voy a decirte; pero es necesario que te lo diga, para que te convenzas de que no debes partir. No he sido franca contigo, Roberto; he burlado tu confianza.