Y con la respiración jadeante, arrancando penosamente las palabras de mi garganta, le conté lo que había hecho con sus cartas.
Estaba lejos de haber concluido, cuando de pronto me tomó en sus brazos y me atrajo hacia él.
—Olga, ¿es verdad?—exclamó fuera de sí en su gozo.—¿Puedes jurarme que es la verdad?
Hice un signo afirmativo, pues el miedo, que hacía pasar por todo mi cuerpo un calofrío delicioso, me había quitado el uso de la palabra.
—¡Que Dios te lo pague, buena e inteligente niña!—exclamó estrechándome contra su pecho.
Y mi respiración se cortó en una deliciosa angustia. Dejé caer mi cabeza sobre su hombro y cerré los ojos. Entonces me estremecí al sentir que su boca se posaba en mis labios. Me pareció que una llama me había quemado. Y me besó otra vez, otra y otra: el gozo y el agradecimiento le habían hecho perder la razón.
Pero yo pensaba: «¡Ojalá nunca concluya este instante!» Y los calofríos me sacudían sin interrupción mientras mi cuerpo yacía inerte y sin fuerzas entre sus brazos. Una sola vez me pasó por la cabeza este pensamiento: «¿Puedo devolverle sus besos?» Pero no me atreví.
¿Cuánto tiempo me tuvo así? No lo sé: de repente sentí que mi cabeza chocaba rudamente con el borde del sofá. El dolor me hizo salir como de las profundidades de un sueño.
Me quedé allí sin movimiento, tratando de recobrar aliento.
Roberto lo notó y exclamó muy asustado: