—Estás muy pálida, niña, ¿te has hecho daño?

Dije que sí por señas, y agregué que aquello no era nada, que pronto pasaría. Pero bien sabía que no había de pasar, que esa impresión se grabaría en mis sentidos y en mi corazón con letras de fuego, que la llama de ese instante retemplaría mi corazón durante más de una larga y fría noche de invierno, esa llama que no era sin embargo sino el reflejo de su amor por otra. Sabía todo eso y me parecía que me iba a ahogar bajo el peso de ese pensamiento. Pero pronto me repuse, pues había aprendido a dominar mis nervios.

—Roberto—dije,—voy a darte un consejo, y después dejarás que me vaya, porque estoy algo cansada.

—¡Habla, habla—exclamó,—haré ciegamente lo que quieras!

Y cuando lo miré, no pude impedir exhalar un profundo suspiro de dolor y de júbilo, pues pensaba: «¡Te ha tenido en sus brazos!»

Habría querido dejarme caer nuevamente con los ojos cerrados en la esquina del sofá y fingir todavía un poco el desvanecimiento, pero me levanté vivamente y dije:

—Creo que Marta no cerrará los ojos esta noche; esperará el momento en que salgas de la casa. Querrá verte partir; como su habitación da al jardín, vendrá a la tuya o a la que está al lado. Cuando estés al pie de la escalera, espera un poco y luego haz como si hubieras olvidado algo, y entonces... entonces...

No pude decir más, pues oía resonar en mí con demasiada violencia, ya como un sollozo, ya como un grito de alegría, estas palabras: «¡Te ha tenido en sus brazos!»

Tuve miedo de no poder dominar mi emoción por más tiempo y quise huir precipitadamente, sin una palabra de despedida.

Cuando abrí la puerta, vi delante de mí a Marta.