Toda mi arrogancia me volvió. Estaba tranquila y altiva cuando me había despedido de él algunos años antes, quería ser la misma para presentármele entonces. ¿Acaso necesitaba saber todo lo que yo había sufrido en el intervalo?

—Olga... en verdad... Olga, eres tú.

El júbilo ahogado que revelaba su voz hizo pasar en mis venas una sensación de calor y de bienestar. Creí por un instante que iba a echarme a su cuello y a llorar sobre su hombro para aliviar mi corazón, pero guardé mi reserva:

—¿No me esperabais?—pregunté, tendiéndole maquinalmente la mano.

—Pues sí, naturalmente, desde hace dos días te esperábamos por momentos; es decir que comenzábamos a creer...

Había encerrado mi mano en las suyas y trataba de verme la cara. En su actitud había una mezcla particular de cordialidad y de embarazo: parecía que trataba en vano de encontrar en mí a su antigua amiga, su antigua confidente.

—¿Cómo está Marta?—pregunté.

—Ya lo verás—respondió él;—yo en esto nada entiendo. ¡Me parece tan débil, tan frágil! Me digo que será un milagro si se salva. Pero el médico pretende que va bien, y lo que es él debe saberlo.

—¿Y el niño?—pregunté en seguida.

Rió con una ligera risa interior que llegó hasta mí en el crepúsculo.