—¡El niño, hum, el niño!...

Y en vez de concluir la frase, dio un puntapié a los molosos que de un brinco abandonaron la casa.

—Ven—dijo en seguida,—voy a llevarte.

Subimos la escalera, en silencio, sin mirarnos.

«¡Ahora eres una extraña para él!»—me dije.

Y me sentí sobrecogida de angustia, como si acabara de perder una felicidad acariciada desde mucho tiempo.

—Espera un momento—dijo él indicando con el dedo una de las puertas más próximas,—voy a decirle una palabra para prepararla; de lo contrario, podría hacerle daño la alegría.

Un instante después, me encontré sola en un largo corredor obscuro, de bóveda elevada. Muy al fondo brillaban en llamaradas de un rojo sombrío los últimos resplandores del día moribundo que arrojaba sobre las pulidas baldosas un largo surco de luz. Sonidos vagos, que recordaban la voz de un niño, herían mi oído cuando el viento se colaba bajo la bóveda.

Un leve grito de gozo llegó hasta mí, a través de la puerta, y me hizo estremecer. Una oleada de sangre ardiente invadió mi corazón; creí que iba a ahogarme. En seguida la puerta se abrió y la mano de Roberto me asió en la obscuridad: me dejé llevar sin tener conciencia de lo que hacía, y no salí de mi estupor sino en el momento en que caí de rodillas, sollozando, junto a la cama, y oculté la cara en las almohadas, mientras una mano húmeda y caliente me acariciaba la cabeza.

Una sensación que ya no conocía desde hacía años, una dulce sensación de calor, como la que se experimenta en el hogar paterno, penetraba y embriagaba mis sentidos. No osaba alzar los ojos, de miedo de que se disipara.