La mano reposaba siempre en mi cabeza como una bendición del Cielo. Un agradecimiento infinito inundó mi corazón: me apoderé de esa mano que temblaba en la mía, y posé en ella larga y tiernamente mis labios.

¿Qué haces, hermanita, qué haces?—dijo Marta con su voz cansada, ligeramente velada.

Me levanté. La vi delante de mí, pálida, con las mejillas huecas, y los ojos, donde brillaban lágrimas, profundamente hundidos en las órbitas. Estaba blanca y delicada como un copo de nieve; azules e hinchadas venas surcaban su enflaquecido cuello, y su frente, de una blancura tan transparente que parecía que una luz lo iluminara interiormente, estaba cubierta de gotas de sudor.

Había envejecido y enflaquecido mucho desde que yo no la había visto, y las crisis por las cuales acababa de pasar, no parecían ser las únicas en haber ejercido sobre ella su obra destructora; pero había conservado su sonrisa consoladora y bienhechora que servía de alivio a todos, aun cuando ella misma estuviera en el más completo abandono.

—Y ahora no te volverás a ir—dijo ella, alzando los ojos hacia mí, como si no pudiera saciarse de mirarme.—Te quedarás con nosotros, para siempre; ¡prométemelo, prométemelo inmediatamente!

Guardé silencio. La felicidad me rodeaba, abrasadora como el fuego del cielo: era para mí un sufrimiento, una tortura.

—¡Insiste tú también, Roberto!—repuso ella.

Me estremecí. Lo había olvidado totalmente y ahora su presencia hacía en mí el efecto de un reproche.

—Dame tiempo para reflexionar, espera hasta mañana—dije enderezándome.

Sentía en mí el vago presentimiento de que mi residencia en esa casa no sería de larga duración: habría sido demasiada dicha para mí, pobre infeliz a quien un destino despiadado condenaba a vivir en casa ajena.