Ella le lanzó una mirada de compasión:
—Si no fueras tan niño, como lo has sido siempre, Adalberto, se podría conversar contigo. Eso mismo es lo que comienza a parecerme peligroso ¿ves? ¿Crees, entonces, que ella no tiene sus motivos para ir a pavonearse todos los días en la granja y darse tonos de ama delante de él y de los sirvientes? ¡Oh! ¡Es muy lista, mi sobrina Olga! ¡Ya habrá hecho todo lo que depende de ella para acostumbrarlo a la idea de que a ella—sólo a ella—le toca de derecho el lugar de la muerta! Si no es eso ¿qué tendría que ir a hacer todos los días a la granja?
—Creo que el hijo de Marta justifica suficientemente su conducta.
—¡Naturalmente! ¡Naturalmente! ¡Cuántas cosas te hacen creer con cuentos de nodriza! Ella sabe bien por qué lo hace y por qué ama a ese pobre niño hasta comérselo a caricias: ¡conoce el camino que lleva al corazón del padre!
—Pero tal vez no lo quiere—insinuó el viejo Hellinger.
Ella soltó la risa.
—¡Mi querido Adalberto! Cuando un hombre posee una propiedad a las puertas de la ciudad, una muchacha pobre lo quiere siempre, y, si yo no pongo fin a todos estos manejos mostrándole la puerta, podría muy bien suceder que un día Roberto la tomara por la mano y nos dijera: «Ahora, papá y mamá, tengan ustedes la bondad de darnos su bendición.» Pero, antes que ver una cosa semejante, Adalberto...
En el mismo instante, un gran ruido de pasos resonó en el vestíbulo; y casi en seguida golpearon con fuerza a la puerta.
—¡Toma!—dijo la señora Hellinger.—He ahí uno que hace tanto estruendo como un alguacil. ¡Todavía no estamos en ese estado, sin embargo!
Y con mucha suavidad, y mucha tranquilidad, dijo: «¡Adelante!»