El viejo médico penetró en la habitación. Tenía el sombrero echado hacia atrás, la bufanda le colgaba de los hombros, y su pecho jadeaba como después de una carrera desenfrenada. Se olvidó de dar los buenos días y no hizo más que lanzar en torno suyo una mirada hosca e investigadora.
—¡En nombre del Cielo, doctor!—le gritó el señor Hellinger precipitándose a su encuentro.—¡Nos embistes como un toro!
La señora Hellinger, al contrario, asumió su aspecto áspero y refunfuñó algo como: «modales de fumadero.»
Cuando el doctor vio la tranquila mesa del desayuno y a sus amigos que, con la cara de todos los días, lo miraban con estupor, se dejó caer en una silla con un suspiro de alivio. ¡Así, pues, la terrible cosa no se había realizado! Pero, un instante después, la ansiedad volvió a apoderarse de él.
—¿Dónde está Olga?—tartamudeó alzando los ojos hacia la puerta, como si fuera a verla entrar en ese instante.
—¿Olga?—dijo la señora Hellinger encogiéndose de hombros.—¡Qué sé yo! Sin duda va a venir de un momento a otro; ¿es por algo urgente?
—¡Alabado sea Dios!—exclamó el doctor juntando las manos.—¡De modo que ya ha bajado!
—No, eso no—dijo la señora Hellinger.—La señora Duquesa se ha dignado dormir hoy un poco más.
—¡Dios del Cielo!—exclamó de nuevo él.—¡Y nadie ha ido a verla! ¿Nadie sabe nada de ella?
—Doctor ¿qué te pasa?—gritó el viejo Hellinger que comenzaba a inquietarse.