Sin duda, el doctor se acordó en ese momento de la súplica que terminaba la carta de despedida de Olga; comprendió que, de ese modo, su deseo de respetar la voluntad de la joven iba necesariamente a quedar sin efecto, e hizo un último y lastimoso esfuerzo para guardar el secreto.
—¿Qué me pasa?—balbució con una sonrisa dolorosa.—¡Pues nada! ¿Qué había de tener? ¡Mil millones!...
Y, en seguida, abandonando todo fingimiento gritó:
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Has permitido la espantosa desgracia! ¡La has dejado de tu mano!
Y poco le faltó para dejar correr sus lágrimas; pero, reuniendo toda la energía que quedaba en su cuerpo gastado, se enderezó recto como una I:
—Venid al cuarto de Olga—dijo,—y no os asustéis, cualquiera que sea el estado en que la encontréis.
El viejo Hellinger palideció y su mujer se puso a gritar y sollozar: se aferraba al brazo del doctor y quería saber lo que había sucedido, pero éste no decía una palabra más.
Así subieron los tres la escalera que conducía al cuarto de Olga, mientras que en el vestíbulo los sirvientes se reunían y los contemplaban curiosamente con los ojos muy abiertos.
Delante de la puerta de la habitación de Olga, la señora Hellinger tuvo un ataque de desesperación.
—Toque usted, doctor—dijo con un sollozo.—Yo no puedo.