El anciano tocó.
Nadie contestó.
Tocó una vez más y puso el oído en el agujero de la cerradura.
Siempre el mismo silencio.
Entonces la señora Hellinger se puso a gritar:
—Olga, querida hija mía, abre; somos nosotros, tu tío, tu tía, y tu viejo tío el doctor. Puedes abrir sin temor, querida mía.
El doctor dio vuelta al botón; la puerta estaba cerrada. Quiso mirar por el agujero de la cerradura; estaba tapado.
—¡Manda buscar al cerrajero, Adalberto!—dijo.
—¡No!—gritó la señora Hellinger, mandando de repente al diablo toda su pena.—Yo no lo sufriré; no ha de suceder así: la vergüenza sería demasiado grande; yo no podría sobrevivirle. ¡Qué vergüenza! ¡qué vergüenza!
El doctor le lanzó una mirada en que se leían el asco y el desprecio. Pero ella no le hizo caso.