Me sentí presa de una compasión infinita; tenía ganas de tomarle las manos y decirle:

—Tén confianza en mí, soy fuerte; déjame participar de tu dolor.

Cuando alzó los ojos, tuve miedo de que hubiera notado mi mirada; me puse rápidamente de rodillas delante de la cuna y apoyé mis labios en el tierno rostro del niño que se estremeció a mi contacto, como si hubiera experimentado un dolor.

Cuando me levanté, vi que Roberto había salido del cuarto.

Marta me esperaba con los ojos brillantes de impaciencia y de inquietud: quería saber que yo admiraba a su hijo.

—¿No es verdad que es lindo?—balbució, alzando hacia mí sus débiles brazos.

Y cuando su corazón de madre estuvo saturado de orgullo, me hizo sentar a su lado en las almohadas, apoyó su cabeza en mí y concluyó casi por ponerla sobre mis rodillas.

—¡Oh! ¡Qué frescura!—murmuró.

En seguida cerró los ojos, respirando tranquila y regularmente, como si durmiera.

Enjugué con mi pañuelo el sudor que cubría su frente.