Ella me agradeció por señas y dijo:—Estoy todavía un poco débil, me parece que tuviera los miembros rotos; pero espero que mañana podré levantarme y atender a la casa.

—¡Gran Dios, qué ideas tienes!—exclamé espantada.

Ella suspiró.

—Es necesario, es necesario. No tengo derecho de reposar.

—¿Por qué no tienes derecho de reposar?

Marta no contestó, poro de repente se puso a llorar amargamente.

La calmé, besé sus mejillas y sus ojos preñados de lágrimas, y le supliqué que me abriera su corazón.

—¿No eres feliz? ¿Roberto no es bueno contigo?

—Es bueno conmigo, como el buen Dios; sin embargo no soy feliz, soy muy desdichada, hermanita, más desdichada de lo que puedo decirte.

—¿Y por qué, Dios mío?