—¡Tengo miedo!

—¿De qué?

—De hacerlo desgraciado, de no ser la mujer que le convenía.

Sentí, de improviso, que un frío glacial me invadía, como si, emanado de su cuerpo, se trasladara al mío.

—¿Ves? ¡Tú misma sientes que tengo razón!—murmuró, alzando hacia mí sus grandes ojos inquietos.

—Estás loca—dije, esforzándome por reír.

Continuaba sintiendo en todo mi cuerpo ese helado calofrío. Un vago sentimiento me decía que Marta podía muy bien no equivocarse. Pero por el momento se trataba de consolarla.

—¿Cómo puedes ser tan tonta para atormentarte así tú misma? ¿Acaso su actitud no te dice noche y día que estás en un error?

—Sé lo que sé—replicó ella, suavemente, con esa resignación altiva que es el arma de los débiles.—Y esto que te digo no data de hoy. Ese temor tiene muchos años: estaba ya en mi corazón aun antes de que fuéramos novios, y yo sabía bien lo que hacía cuando me negaba entonces a ser su mujer; ¡era el amor, sólo el amor lo que me guiaba!

—¡Marta! ¡Marta!—exclamé en tono de reproche.—Me parece que me has ocultado muchas cosas.