—¿Oyes, Marta?—grité.—Te desesperas, y el Cielo te ha acordado la dicha más grande que puede pretender una mujer. Renacerás por tu hijo; tu vida sacará de su juventud un nuevo vigor.

Un relámpago pasó por sus ojos; luego se dejó caer suavemente y cerró los párpados, sonriéndose. Sólo el sentimiento de la maternidad podía dar alas a su esperanza.

Abrió la boca una vez más y murmuró algunas sílabas. Me incliné hacia ella y pregunté:

—¿Qué tienes, hermana querida?

—Desearía ser útil para algo en este mundo—dijo, con un suspiro.

Y con este pensamiento, se durmió.

XIV

Había cerrado ya la noche cuando Roberto penetró sigilosamente en la habitación. Yo me sobresalté: sentí de repente que me iba a ver reducida a esconderme, a huir de él hasta el fin del mundo: «¡Es necesario que no te encuentre, no te encontrará!»—me gritaba una voz interior.—Mis mejillas estaban encendidas y me vino un vago temor de que el rubor traicionara mi emoción a pesar de la obscuridad.

Se acercó a la cama, escuchó un instante la respiración apacible de Marta y en seguida me dijo en voz baja:

—Ven, Olga. Estás cansada; tomarás algo y después irás a descansar.