Quise protestar, pues temía mucho encontrarme sola con él, pero, para no despertar a mi hermana que dormía, lo seguí sin decir una palabra.

El comedor era una vasta habitación, blanqueada, con muebles antiguos que parecían estar de guardia a lo largo de las paredes, semejantes a negros gigantes agazapados. Bajo la araña había una mesa redonda con dos cubiertos.

—He hecho comer antes al personal de la granja—dijo Roberto, volviéndose hacia mí,—pues no he querido darte el disgusto de ver caras extrañas.

Y, al decir esto, se dejó caer pesadamente en una silla, apoyó la barba en su mano y fijó la mirada en el salero.

—¡Pero tú no comes!—dijo al cabo de un instante.

Sacudí la cabeza: no habría sido capaz de comer un bocado, aun cuando el hambre me desgarrara las entrañas. Su presencia me paralizaba por completo.

Siguió un nuevo silencio.

—¿Cómo la encuentras tú?—preguntó él al fin.

—No sé—dije, violentándome para hablar,—si debo sentir alegría o inquietud.

—¿Por qué inquietud?—preguntó bruscamente.