Él sacudió la cabeza.

—He mandado buscar al médico—dijo.—Ha pasado una mala noche... la emoción de tu llegada parece haberle hecho daño.

Sentí un poco de temor; pero mi gran resolución me había llenado de tal alegría, que no había ya lugar en mí para una inquietud.

—¿Quieres servirte tú mismo? Mientras tanto iré a verla.

Cuando entré en la habitación, la encontré en la misma posición en que la había dejado por la mañana, y, acercándome a la cama, vi que tenía los ojos muy abiertos y miraba fijamente el techo.

Tuve miedo y la llamé por su nombre; entonces una ligera sonrisa pasó por su rostro; se volvió penosamente y me miró de frente.

—¿No te sientes bien, Marta?

Sacudió la cabeza con expresión dolorida y cerró un poco la mano. Eso quería decir: Ven, siéntate a mi lado.

Tomé su cabeza entre mis brazos y de repente un calofrío sacudió su cuerpo; oí que sus dientes castañeteaban.

—Dame una frazada gruesa—murmuró,—tengo mucho frío.