Hice lo que me había pedido y me senté de nuevo a su lado. Ella se apoderó de mis manos y las estrechó como si hubiera querido calentarse con su contacto.
—¿Has dormido bien?—preguntó con esa misma voz de ronco falsete que no le conocía.—Hice un signo afirmativo y al mismo tiempo sentí nacer en mí un vivo sentimiento de vergüenza. ¿Qué era mi gran proyecto de renunciamiento comparado con esa especie de abnegación, de olvido de sí misma, que se manifestaba en las más pequeñas como en las más grandes circunstancias, y que encontraba para todo el mismo amor? ¡Y yo, egoísta y orgullosa, me envanecía todavía de esa sublime resolución de mi corazón!
—¿Te ha gustado el arreglo de tu cuarto?—continuó ella, al mismo tiempo que por sus ojos dulces y tristes pasaba un débil fulgor de malicia.
A guisa de respuesta posé humildemente en sus labios un beso de agradecimiento.
—¡Sí, bésame, bésame otra vez!—dijo ella.—Tu boca es tan bella, tan ardiente: da calor al cuerpo y al alma.
Y un nuevo calofrío la sacudió.
Un instante después entró Roberto.
—Prepárate, querida—dijo acariciando la mejilla de Marta;—el médico, nuestro tío, ha llegado.
En seguida me hizo una seña y salí detrás de él. Junto a la cuna del recién nacido encontré a un hombre ya viejo, cuya barba gris no había sido afeitada por varios días, la nariz chata y roja y dos ojos vivos e inteligentes que me miraban sonriendo detrás de los brillantes vidrios de sus antiparras.
—Entonces, ¿es ella?—dijo extendiéndome la mano.