Una oleada de sangre me subió al corazón; a la primera ojeada comprendí que tenía delante de mí a un amigo, a quien podría confiarme sin reserva.

—¡Quiera Dios que haya usted venido en el buen momento!—continuó él.—De todos modos, vamos a saberlo ahora mismo. Llévame a su lado, Roberto; sin duda la cosa no es tan grave.

Me quedé sola con la nodriza y el niño, que se agitaba y lanzaba a derecha e izquierda sus puñitos.

—Adquiriré también el derecho de contribuir a tu felicidad—pensé mientras acariciaba su pequeño cráneo redondo y luciente, sobre el cual temblaban al soplo del aire algunos cabellos apenas visibles, finos como la seda. La víspera, había apenas dirigido una mirada a esa criaturita; ese día, al verlo, mi pecho se dilataba y se llenaba de una ternura infinita.

—Desde ayer te has vuelto más pura y mejor—me dije mentalmente.

La visita fue larga, de una duración inquietante. Al fin, la puerta de la habitación contigua se abrió; el médico salió solo. Parecía irritado, furioso; sus mandíbulas se agitaban como si hubieran querido triturar algo.

—He alejado a Roberto—dijo.—Necesito hablar a solas con usted.

Entonces me tomó la mano y me condujo al comedor, donde la cafetera humeaba todavía.

—Tengo por usted un respeto muy grande, señorita—comenzó enjugando las gotas de sudor de su frente.—Por todo lo que he oído decir, es usted una joven animosa, capaz de recibir sin flaquear un golpe inesperado.

—Basta de preámbulos, se lo ruego, doctor—dije, sintiéndome palidecer.