—¡Bueno! A mí tampoco me gustan los preámbulos. Su hermana...
Y al decir esto, sin embargo, se detuvo.
—¡Mi hermana... está en... peligro de muerte, doctor!
Había querido parecer fuerte, pero las piernas se me doblaban. Me así del borde de la mesa para no caer.
—¡Vamos! ¡valor, valor!—murmuró él poniéndome la mano en el hombro.—La fiebre, ese terrible huésped, está allí y no es tan fácil despedirla.
Yo apreté los dientes: no quería que me viera temblar. Ya había oído hablar con frecuencia del peligro de la fiebre puerperal, aunque no pudiera formarme una idea de sus terrores.
—¿Roberto lo sabe?
Ese fue el primer pensamiento que me vino.
El doctor se encogió de hombros rascándose la cabeza.
—He tenido miedo de que perdiera la calma, no le he dicho más que la mitad de la verdad.