—¿Y cuál es la verdad entera?
Y enderezándome lo miré en los ojos.
Él guardó silencio.
—¿Va a morir?
Cuando vio que yo encaraba en el acto con firmeza la alternativa más temible, respiró con mayor libertad. Pero no oí su respuesta, pues, en el mismo instante en que pronunciaba con tranquilidad aparente esas horribles palabras, vi desarrollarse ante mis ojos con una terrible vivacidad aquella escena de mis años de infancia en que Marta se me había aparecido tendida en el sofá, semejante a un cadáver. Creí sentir que una mano de muerta me hundía las uñas en el pecho; ante mis ojos pasaron relámpagos sangrientos; lancé un grito... luego creí oír que una voz me gritaba: «¡Vuela a socorrerla, vuela a socorrerla, sálvala, dá tu propia vida para conservar la suya!» Bruscamente me erguí; había vuelto a encontrar mis fuerzas.
—Doctor—dije,—si Marta se muere, perderé todo lo que poseo en este mundo y yo misma habré concluido. Pero, mientras pueda serle útil, no flaquearé: necesito una certidumbre.
—Una certidumbre, querida niña—repuso él apoderándose de mis manos,—no la habrá hasta la curación o hasta el momento fatal. Por desesperada que sea la situación, puede siempre producirse una reacción y ahora más que nunca, puesto que la enfermedad está todavía en sus primeras fases. Ciertamente, a la enferma no le sobran fuerzas, y esa es la parte más triste. Sin embargo, quizá conseguiremos ahogar el mal en su germen, y entonces todo se habrá salvado.
—¿Qué puedo hacer por ella?—exclamé, extendiendo hacia él mis manos juntas.—¡Exija usted lo que quiera! Aun cuando diera mi propia vida para salvar la suya, no le habría dado todo lo que le debo.
Él me miró sorprendido.
¿Cómo habría podido comprenderme?