Había asido una de las columnas de la cama y permanecía allí, con los ojos fijos en Marta, mordiéndose los labios. Después salió, como había venido, sin decir una palabra.

Pasaron dos horas más en el silencio y la espera. Los vapores de fenol que se desprendían del plato colocado frente a mí, principiaban a darme dolor de cabeza. Apoyé la frente en los vidrios para refrescarla, siguiendo maquinalmente el movimiento de las hojas muertas que el viento levantaba y hacía revolotear hasta la ventana.

Comenzaba ya a obscurecer, cuando oí de repente afuera, en el corredor, una voz de mujer que se lamentaba y daba gritos tan violentos, que la enferma, dormida, se estremeció dolorosamente.

La cólera me subió a la cara. Quise correr para echar de la casa a la persona que hacía tanto ruido, pero, al abrir la puerta, me tropecé con ella.

A la primera mirada reconocí esa cara colorada e hinchada, esos ojillos perversos. ¡Quién podía ser sino ella, la mejor de todas las tías y de todas las madres!

—¡Al fin—exclamé para mis adentros,—al fin voy a verte de frente, mis ojos en los tuyos!

—De modo que tú eres Olga—exclamó siempre en el mismo tono estridente y llorón que llenaba la casa.—¡Buenos días, mi queridita! ¡Oh! ¡Qué desgracia! ¿Entonces es verdad? ¡La noticia me ha trastornado!

—Le ruego, querida tía—le dije cruzándome de brazos,—que vaya usted a trastornarse a otra parte y no aquí, y que a la cabecera de la enferma modere usted el tono de su voz.

Ella se quedó cortada. La mirada envenenada que me lanzó entonces, no la olvidaré en mi vida.

Pero ya sabía con quién tenía que habérmelas. Por otra parte, ella recogió el guante en seguida.