—Haces muy bien, hija mía—dijo, y su voz tomó de pronto un sonido metálico, como una trompeta de guerra,—haces muy bien en atender a tu pobre hermana enferma, pero puedes marcharte, tu presencia es inútil ahora; soy yo quien va a quedarse aquí.

«Espérate, ahora mismo vas a encontrar la horma de tu zapato»—exclamé mentalmente.

E irguiéndome cuanto pude, le respondí con mi sonrisa más fría:

—Se equivoca usted, querida tía; se le ha prohibido a mi hermana de la manera más formal que la visiten personas extrañas. Le ruego, pues, que se retire a la habitación contigua.

Su cara se puso terrosa, sus dedos se crisparon, creo que habría sido capaz de estrangularme allí mismo. Pero se marchó y el buen tío, sin voluntad, que se arrastraba siempre a tres pasos detrás de ella, la siguió.

En mi triunfo solté una gran carcajada.

Pero también, ¿qué venís a hacer, almas codiciosas, en el templo del dolor? ¡Atrás!

XVIII

Vino la noche. Una banda roja, último vestigio del sol poniente, se extendía sobre la ciudad cuyas torres puntiagudas se destacaban negras en el cielo de fuego. Durante largo rato seguí con los ojos las llamaradas, que la obscuridad concluyó también por absorber.

El reloj dio las nueve y el viejo doctor entró. Permaneció mucho rato sentado en mi silla, silencioso, después me acarició la mano al despedirse y dijo: