—Continúe usted con el fenol, toda la noche.
A la pregunta que leyó en mi mirada inquieta, no respondió sino con un vago encogimiento de hombros.
No sé dónde, dos o tres habitaciones más lejos, oí la voz de Roberto que discutía con el anciano. Era una prueba de que él tampoco se alejaba de la cama de la enferma. «¿Pero por qué se contenta con quedarse afuera?—me preguntaba.—Casi se diría que le está prohibida la entrada.»
El reloj toca las diez, todo está solitario en los alrededores, la casa parece entregada al reposo.
El viento sacude la reja del jardín, hace el ruido de un huésped atrasado que quiere entrar. ¿La muerte rondaría ya en derredor de la casa? ¿Contaría ya los granos de arena en su ampolleta?
El furor de la desesperación se apoderó de mí.
Sin saber lo que hacía, me precipité hacia la puerta, como para cerrar el paso a ese demonio amenazador.
¡Desgraciada que no sospechaba que otro demonio me acechaba, instalado antes que aquél en el umbral de la puerta!
Minutos después entró Roberto. Ni una palabra, ni un saludo, nada más que esa mirada rápida y sombría que ya me había herido una vez como una puñalada.
Con su paso pesado y balanceante avanzó hacia la cama, tomó la mano de Marta, su mano flaca y ardiente, cuyas uñas tenían un matiz azulado, y la miró fijamente. Después se sentó en el rincón más obscuro, detrás de la estufa, y permaneció allí encogido durante dos horas, dos largas horas.